sábado, 26 de enero de 2013

La Libertad de creer




¿Puede Dios hacer una piedra tan pesada que no la pueda levantar? Se preguntaba Nietzsche sin darse cuenta de que sí, de que Dios ya había creado esa piedra: la libertad del ser humano. Por supuesto que Él tiene capacidad de levantarla, pero se impone no hacerlo.

Toda la historia de la salvación no es más que una historia de libertad y de amor. Perdón: una historia de Libertad y de Amor. Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, es decir, libre. Desde Adan y Eva a nosotros todos los hombres son puestos en la chestertoniana tesitura de elegir invertir o gastar su libertad o no ejercerla y permanecer en un estado animal. El primer camino conduce a aceptar las limitaciones humanas y ponerse en manos de Dios y el segundo rechazar las limitaciones y limitarse a un estado más o menos animal, más o menos preso de pasiones e instintos. Decía GKC que lo que hace hombre al hombre es su capacidad para imponerse límites. Si no te pones límites, no sabes dónde estás.

En realidad, de todas las religiones (incluido el ateísmo entre esas), es el catolicismo la única (tal vez haya alguna otra excepción) que parte de la premisa de que el ser humano es totalmente libre. Es libre hasta de rechazar la salvación. El Islam es sometimiento a Alá (a Dios), su voluntad es soberana incluso sobre la voluntad del hombre. Las iglesias surgidas de la reforma son, en mayor o menor medida, predestinacionistas y privan al hombre de la capacidad de aceptar a Dios (y por tanto la salvación) o de rechazarlo: cada individuo es creado para uno u otro grupo y no puede cambiar eso. El budismo despoja al hombre de toda personalidad en ese eterno reciclado que es la reencarnación, en realidad son casi irrelevantes las decisiones que tome, puesto que o bien le conducen a reencarnarse de nuevo o a la aniquilación. El hinduismo con su sistema de castas le niega al individuo la posibilidad de escapar a un destino marcado desde su nacimiento. Para los ateos el hombre no es más que un animal y como tal sujeto a instintos y pasiones animales, sin posibilidad de escape.

Pero es que además, si nos fijamos en la historia de la Salvación, la fe en Dios es algo profundamente individualista. Sí, se acaba materializando dentro de una colectividad, como puedan serlo el pueblo de Israel, la tribu de Judá, los seguidores de Jesús de Nazaret, la Iglesia o la comunidad de la parroquia de San Juan Bautista, pero el llamamiento es siempre individual. Dios llama a Abraham a salir de Ur, no hace un llamamiento a los caldeos y es uno el que obedece: le llama a él. Dios llama a Moisés a sacar a su pueblo de Egipto, no les dice a los judíos que elijan un representante para tratar con Él. Además llama por el nombre como hace con Samuel. Que por otra parte pudo escoger entre ignorar la llamada y seguir durmiendo o responder a ella. Y cuando la Palabra se hace carne sigue llamando a cada uno por su nombre: a Pedro, a Leví, a Natanael,... incluso a Zaqueo le llama a bajar del sicomoro al que se había subido.

En esto el catolicismo también es diferente del resto de religiones. Según el Islam todos hemos de convertirnos, para las iglesias surgidas de la Reforma ya estamos salvados o condenados, para el catolicismo YO he de convertirme.

Por supuesto la conversión, la materialización del ejercicio de esa libertad, supone la materialización de unos límites, la aceptación de los límites, las responsabilidades y las obligaciones inherentes a la pertenencia a la Iglesia edificada sobre Pedro. Se me llamará a mí en concreto para obrar de determinada manera, de ejercer mi fe en el seno de una comunidad o, como en este año de la Fe, a dar testimonio de esa Fe para conseguir que otros, con nombre y apellidos, se conviertan. 


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